sábado


The Smiths: Música sin arrugas
Por Sergio Coddou

En una época dominada por el pop artificial que había surgido gracias a la irrupción de nuevos juguetes musicales, como sintetizadores, baterías eléctricas y secuenciadores, y con la furia visceral del punk en franca retirada ante el circo del heavy metal, la aparición de los Smiths a comienzos de los 80’, significó un verdadero hito en la historia de la música popular anglo-americana, leyenda que está absolutamente en boga por la próxima realización de un musical en el teatro Lyric, de Hammersmith, en Londres.
Si bien el sonido de la banda tiene sus raíces en el rock y pop melódico de fines de los cincuenta y comienzos de los sesenta (desde Elvis a los Kinks), y algunos elementos manieristas del glam de T-Rex o los New York Dolls, más la vitalidad del punk más melódico (desde London Calling de los Clash a los Buzzcocks y Television), su homónimo disco debut marcó una subversión de las estructuras tradicionales de la canción pop. La mayoría de los temas del disco no estaban construidos según el modelo clásico de un puñado de estrofas parceladas por un estribillo pegajoso.
Opacado posteriormente por The Queen is Dead, este primer disco de los Smiths prácticamente no ha mostrado signos de envejecimiento a veinte años de su aparición en Inglaterra y se puede escuchar con el mismo entusiasmo con que uno lo escuchó por primera vez, sobre todo si lo comparamos con otros efluvios de la misma época, que tuvieron gran éxito en los charts, como Sports de Huey Lewis, Girls just wanna have fun de Cindi Lauper o Metal Health, disco inescuchable hoy en día de los - gracias a Dios – desaparecidos Quiet Riot, que son hoy piezas caducas de arqueología musical, sólo útiles para entender la superficialidad de los años ochenta, o para desvergonzados nostálgicos incurables que quieren rememorar cuán ridículos eran sus gustos por esos años.
Gran parte de la crítica musical inglesa (que en sí misma configura un particular subgénero literario) y norteamericana cayó rendida a los pies de esta banda liderada por una de las duplas compositivas más extraordinarias del rock, Johnny Marr y Morrisey (quien tocó en Santiago el pasado noviembre). Por otro lado, el poder metafórico y simbólico de las letras de Morrisey, con una ambigüedad que resistía prácticamente cualquier interpretación, fue caldo de cultivo para que las mentes más torcidas de la prensa sensacionalista inglesa acusaran al grupo de hacer una defensa de la pedofilia (Reel around the fountain y The hand that rocks the cradle) y profitar de la memoria de las víctimas de un bullado crimen de varios niños en Manchester en los años 60 (Suffer little children).
Si se acepta que Reel around the fountain o The hand that rocks the cradle, son acerca del abuso sexual de menores, ambas serían una mera poetización (en ambos casos, resuelta con maestría) de un hecho sin emitir juicio alguno sobre éste, como podría serlo Lolita de Nabokov. Lo mismo podríamos decir sobre la destemplada polémica suscitada a partir de Suffer Little Children, que lidia con el bullado caso de un puñado de niños, que fueron asesinados por una pareja de sicópatas (Myra Hindley y su amante Ian Brady) y enterrados en un páramo en las afueras de Manchester en los años ’60. La canción – una de las mejores del catálogo del grupo – es una conmovedora elegía que, con los años, se ha transformado en una suerte de memorial sonoro a las inocentes víctimas de crímenes de tal calaña.
Si bien muchos ven aquí el punto más álgido de una visión oscura y pesimista acerca de la realidad, lo que nos entrega Morrisey en estas canciones es más bien una mirada luminosa y estremecedora sobre la opaca cotidianeidad de los años ochenta de una Inglaterra gobernada por la férrea mano neo-victoriana de Margaret Thatcher. Esta misma visión la desarrollarían en sus magníficas secuelas, aunque sin la poderosa ambigüedad de esta primera entrega, donde los oyentes podemos padecer las tribulaciones de personajes extrañados, espiritualmente mutilados por el “teen angst”, que habitan las ciudades industriales del norte de Inglaterra, tal como “padecemos” Irlanda y sus habitantes joyceanos mediante los discos de The Pogues, o los seres andróginos y drogadictos, verdaderos espectros urbanos de Nueva York, vía Lou Reed. En Julio del 2005 podremos saber si el ya mencionado musical acerca de la banda, que no tiene otro argumento que las historias reveladas por las canciones, hará “padecer” a sus espectadores la sombría atmósfera omnipresente en la música de los Smiths.A pesar de que los personajes de las canciones de Morrisey son seres perdidos en el laberinto de los barrios proletarios de las urbes inglesas, en ellos no está presente el nihilismo anárquico del “No Future” que pregonaban los Sex Pistols, sino un intento de hacerse notar, de mostrarse, de ser alguien. En definitiva, de ser amado a pesar de que no hay qué amar. La cosmovisión que fueron tejiendo los Smiths en su breve trayectoria musical truncada en 1987 con el alejamiento de Marr, es la del dandy que busca, como Wilde (el máximo referente literario de Morrisey), epater le burgeois, aunque con una fe en el amor que a veces parece refutar la desazón y el aislamiento a que está condenado el individuo en la sociedad. La vida cuasi monástica y reclusa de que se ufanaba Morrisey – a pesar de las innumerables alusiones homosexuales presentes en su lírica – es, sin lugar a dudas, un recurso que viene a acentuar el desapego con que Morrisey ve la realidad, un desapego que le hace ser testigo privilegiado de la bajeza del hombre, que convive a menudo con la capacidad de la más inmensa ternura. Asume la voz del incómodo juglar que nos canta al oído la decadencia del individuo acogotado por la carencia de amor en la urbe, una voz que se eleva como la piadosa plegaria de un ángel en el purgatorio que añora el cielo pero sabe que le está vedado.

Artista del trapecio

Un artista del trapecio -como se sabe, este arte que se practica en lo alto de las cúpulas de los grandes circos es uno de los más difíciles entre todos los asequibles al hombre- había organizado su vida de tal manera -primero por afán profesional de perfección, después por costumbre que se había hecho tiránica- que, mientras trabajaba en la misma empresa, permanecía día y noche en el trapecio. Todas sus necesidades -por otra parte muy pequeñas- eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en cestillos construidos para el caso.
De esta manera de vivir no se deducían para el trapecista dificultades con el resto del mundo. Sólo resultaba un poco molesto durante los demás números del programa, porque como no se podía ocultar que se había quedado allá arriba, aunque permanecía quieto, siempre alguna mirada del público se desviaba hacia él. Pero los directores se lo perdonaban, porque era un artista extraordinario, insustituible. Además era sabido que no vivía así por capricho y que sólo de aquella manera podía estar siempre entrenado y conservar la extrema perfección de su arte.
Además, allá arriba se estaba muy bien. Cuando, en los días cálidos del verano, se abrían las ventanas laterales que corrían alrededor de la cúpula y el sol y el aire irrumpían en el ámbito crepuscular del circo, era hasta bello. Su trato humano estaba muy limitado, naturalmente. Alguna vez trepaba por la cuerda de ascensión algún colega de turné, se sentaba a su lado en el trapecio, apoyado uno en la cuerda de la derecha, otro en la de la izquierda, y charlaban largamente. O bien los obreros que reparaban la techumbre cambiaban con él algunas palabras por una de las claraboyas o el electricista que comprobaba las conducciones de luz, en la galería más alta, le gritaba alguna palabra respetuosa, si bien poco comprensible.
A no ser entonces, estaba siempre solitario. Alguna vez un empleado que erraba cansadamente a las horas de la siesta por el circo vacío, elevaba su mirada a la casi atrayente altura, donde el trapecista descansaba o se ejercitaba en su arte sin saber que era observado.
Así hubiera podido vivir tranquilo el artista del trapecio a no ser por los inevitables viajes de lugar en lugar, que lo molestaban en sumo grado. Cierto es que el empresario cuidaba de que este sufrimiento no se prolongara innecesariamente. El trapecista salía para la estación en un automóvil de carreras que corría, a la madrugada, por las calles desiertas, con la velocidad máxima; demasiado lenta, sin embargo, para su nostalgia del trapecio.
En el tren, estaba dispuesto un departamento para él solo, en donde encontraba, arriba, en la redecilla de los equipajes, una sustitución mezquina -pero en algún modo equivalente- de su manera de vivir.
En el sitio de destino ya estaba enarbolado el trapecio mucho antes de su llegada, cuando todavía no se habían cerrado las tablas ni colocado las puertas. Pero para el empresario era el instante más placentero aquel en que el trapecista apoyaba el pie en la cuerda de subida y en un santiamén se encaramaba de nuevo sobre su trapecio. A pesar de todas estas precauciones, los viajes perturbaban gravemente los nervios del trapecista, de modo que, por muy afortunados que fueran económicamente para el empresario, siempre le resultaban penosos.
Una vez que viajaban, el artista en la redecilla como soñando, y el empresario recostado en el rincón de la ventana, leyendo un libro, el hombre del trapecio le apostrofó suavemente. Y le dijo, mordiéndose los labios, que en lo sucesivo necesitaba para su vivir, no un trapecio, como hasta entonces, sino dos, dos trapecios, uno frente a otro.
El empresario accedió en seguida. Pero el trapecista, como si quisiera mostrar que la aceptación del empresario no tenía más importancia que su oposición, añadió que nunca más, en ninguna ocasión, trabajaría únicamente sobre un trapecio. Parecía horrorizarse ante la idea de que pudiera acontecerle alguna vez. El empresario, deteniéndose y observando a su artista, declaró nuevamente su absoluta conformidad. Dos trapecios son mejor que uno solo. Además, los nuevos trapecios serían más variados y vistosos.
Pero el artista se echó a llorar de pronto. El empresario, profundamente conmovido, se levantó de un salto y le preguntó qué le ocurría, y como no recibiera ninguna respuesta, se subió al asiento, lo acarició y abrazó y estrechó su rostro contra el suyo, hasta sentir las lágrimas en su piel. Después de muchas preguntas y palabras cariñosas, el trapecista exclamó, sollozando:
-Sólo con una barra en las manos, ¡cómo podría yo vivir!
Entonces, ya fue muy fácil al empresario consolarlo. Le prometió que en la primera estación, en la primera parada y fonda, telegrafiaría para que instalasen el segundo trapecio, y se reprochó a sí mismo duramente la crueldad de haber dejado al artista trabajar tanto tiempo en un solo trapecio. En fin, le dio las gracias por haberle hecho observar al cabo aquella omisión imperdonable. De esta suerte, pudo el empresario tranquilizar al artista y volverse a su rincón.
En cambio, él no estaba tranquilo; con grave preocupación espiaba, a hurtadillas, por encima del libro, al trapecista. Si semejantes pensamientos habían empezado a atormentarlo, ¿podrían ya cesar por completo? ¿No seguirían aumentando día por día? ¿No amenazarían su existencia? Y el empresario, alarmado, creyó ver en aquel sueño, aparentemente tranquilo, en que habían terminado los lloros, comenzar a dibujarse la primera arruga en la lisa frente infantil del artista del trapecio.